Jeison se gana la vida pedaleando en su taller móvil de bicicletas

30 veces al día recorre la carrera 7.ª yendo y viniendo desde la plaza de Bolívar hasta la calle 28.

Jeison Alexander Mila cumplió su sueño de niñez cuando dejó su trabajo de vendedor ambulante y montó su taller móvil. Foto: María Camila Bernal

Desde hace dos meses un par de piernas pedalean con fuerza sobre una bicicleta que se mueve a lo largo de la carrera 7.ª, en el centro de Bogotá. Enganchado a ella avanza un contenedor negro con recuadros blancos que tiene, en frente, a los lados y por detrás letreros hechos a mano con cinta adhesiva de colores, que repiten el mismo mensaje: ‘Taller de Bicis’.

Las piernas pertenecen a un hombre que va orgulloso sobre la vieja bicicleta. Mide aproximadamente un metro con sesenta y cinco centímetros, es delgado y a primera vista aparenta menos años de los que en realidad tiene.

Se trata de Jeison Alexander Mila, quien a diario va, en un recorrido de ida y regreso, desde la plaza de Bolívar hasta la calle 28.

Para este joven de 29 años su taller móvil no solo se convirtió en el sustento de su esposa y sus dos hijos, también en su sueño de niñez hecho realidad. Después de trabajar por años como vendedor ambulante de antigüedades decidió hacer lo que le gustaba y usando los ahorros que tenía montó su taller.

Pero como el dinero aún no le alcanzaba para algo grande, apostó por algo pequeño. Sus días empiezan pedaleando desde las 6:30 de la mañana. Sale de su casa en el barrio El Dorado a bordo de la bicicleta que él mismo armó y reparó, y una vez llega al parqueadero donde guarda su taller empieza su propia competencia. Debe mantener su fuerza intacta, porque no hay motor o gasolina que le ayude, para completar los treinta recorridos que hace yendo y viniendo por la misma ruta hasta las 8:30 de la noche. Dice que como es su propio jefe no descansa. Se impuso un horario de lunes a lunes con la esperanza de que el dinero le dé no solo para mantener a su familia, sino para comprar las herramientas necesarias para atender a sus clientes.

Su sueño más cercano es invertir en accesorios de todo tipo: luces, rines, alarmas, candados, bocinas y todo lo que cualquier amante de las dos ruedas podría pedir. Para él, “esto funciona igual que con los carros y motos, todos gastan poniéndolos bonitos”, sonríe.

Puede arreglar entre una y seis bicicletas por día. Sus tarifas van desde los tres mil pesos, que vale ponerle un parche a una llanta pinchada, hasta los cuarenta mil que vale el mantenimiento completo del vehículo. Sin embargo, el clima de la ciudad le juega en contra, sobre todo cuando de lluvia se trata. “Ahí no puedo hacer nada, la gente casi no sale y si sale no para a mojarse mientras yo les hago el arreglo”, comenta.

En esos casos debe regresar a su casa con los bolsillos vacíos y volver a empezar a la mañana siguiente.

Como no puede permanecer en un mismo lugar por largos periodos de tiempo, para evitar que Espacio Público le decomise su taller, en el anuncio del contenedor añadió su número de celular. Ahora también llega hasta donde estén quienes necesiten de su servicio, pero anhela que sus clientes vayan a él cuando tenga su propio local.

Entra una llamada, pausa la charla y contesta: “aló, taller de bicicletas, en qué puedo ayudarle”. Pregunta por el lugar en el que se encuentra quien lo llama y de inmediato pedalea, a toda la velocidad que sus piernas le dan, para llegar en el menor tiempo posible.

El Tiempo

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