Elogio de la bicicleta

por Santiago Gómez
Escritor

A simple vista, Bogotá no es el mejor lugar para moverse libremente en bicicleta. Aún los conductores miran al ciclista con un asombro casi infantil, como si la posibilidad de andar por la vía pública montado sobre un vehículo de dos ruedas fuera tan remota en estos tiempos, que la sola aparición de un hombre pedaleando parece ser la demostración indiscutible de que todavía hay seres nostálgicos, doblegados por el anacronismo.

En la ciclorruta hay enfrentamientos permanentes con los caminantes porque no hay suficiente espacio: los conductores y los transeúntes no se llevan bien con los ciclistas.

Con la nueva iniciativa del alcalde Petro, las bicicletas públicas, surgen las versiones proféticas. Algunos no creen en la continuidad de esta propuesta porque piensan que las 380 bicicletas tienen un pronóstico cantado: en unos meses no serán más que chatarra despintada, objetos metálicos manchados por las insignias de las pasiones más vulgares: el fútbol, el amor que debe ser expuesto en todo lo que se deja rayar.

Otros, como yo, pensamos que es la única forma de poner en discusión un tema: ejecutándolo a escala muy precisa, a modo de periodo de prueba.

Hace muchos años, Tolstói nos dejó una lección clarísima sobre los falsos impulsos del ‘progreso’: ante el deslumbramiento de todos los esnobs frente al avance que significaba el advenimiento del avión (la nueva maravilla moderna en ese entonces), el conde advirtió que aquel invento no tardaría mucho tiempo en usarse en contra del hombre. Y así fue.

Es la misma trágica historia del automóvil, de todo lo que el hombre construye con vistas a liberarse de su esencial vileza pero que la historia termina, tarde o temprano, por condenar. La bicicleta, en cambio, aún no ha demostrado lo contrario. No parece extraño entonces que Tolstói aprendiera, a sus 67 años, a montar en bicicleta.

Tampoco creo que se trate de una moda generacional. La bicicleta es tal vez la mejor alegoría, la más simple, de la voluntad humana: la vitalidad de un cuerpo convertida en movimiento, en impulso mecánico. No quiero sonar exagerado, pero creo que Bogotá merece ser recorrida sin evasiones: debemos respirar su aire (¿sucio?), levantarnos del automóvil, esa cabina protectora que nos impide cualquier contacto con la realidad cercana. ¿El radio, las ventanas cerradas? La ilusión de seguridad.

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